Apuntes sobre el oficio de ver, de Jaime León Olavarría
Por Luis A. Agusti Pacheco-Benabides

Capturar el instante. Congelar en una visión estática el movimiento de la naturaleza y la gente. Rescatar de su confusión en los objetos las formas puras. Aproximarse a las cosas hasta encontrar en ellas visiones de lo abstracto. Actitud existencial sintetizable en una sola palabra: mirar. Las fotografías de Jaime León alcanzan el testimonio de una vida encarada con tal actitud. El viajero incansable se desplaza lleno de curiosidad, manteniendo intacto el asombro de vivir que seguramente experimentó cuando deja su Piura natal y se instala en Lima, apenas con seis años de edad. Su adhesión a la filosofía oriental articula esta apertura a hacer del detalle olvidado por la mirada presurosa, una síntesis del universo. La paciente y, a la vez, intensa acumulación de datos visuales alimenta un discurso fotográfico sorprendente por su naturalidad y discreción.

Nada de alardes de pericia fotográfica sofocan una mirada limpia, si bien las soluciones técnicas satisfacen cualquier exigencia formal y la composición de imágenes delata un cumplido entrenamiento visual. La vida reverbera con pulsos diversos, pero con similar intensidad en una caminata por el bosque de Chantilly, en el paso de las calesas entre las brumas de Hyde Park, en un crepúsculo de Colán o en las alas de un insecto hallado en cualquier parte. Si encontramos personajes, estos no posan: viven, apenas conmovidos un instante por la presencia del respetuoso voyeur. Un aura de atemporalidad envuelve las imágenes: el instante de contemplación se prolonga ad infinítum. Sin ánimo de abordar resbaladizas disquisiciones semánticas, cabe proponer la reflexión sobre la condición de artista de Jaime León. De hecho lo es, y no solo por el rendimiento de artífice técnico que acabamos de advertir y que, a nuestro entender, es requisito sine qua non. Lo es, asimismo y ante todo, por su imperiosa necesidad de decir. El testigo de costumbres, el contemplador admirado por la majestad de la naturaleza, el flâneur o urbanita que pasea sin cómo ni por qué, nos invita a compartir los resultados de un periplo justificado desde lo vital, antes que desde un programa preconcebido. Decía Goethe que «Existe una forma delicada de lo empírico que se identifica tan íntimamente con su objeto que se convierte en teoría».

No hace falta, pues, alambicar una obra cuyos contenidos resuenan en la sensibilidad del espectador sin necesidad de un manual de instrucciones. La obra de León es, para decirlo toscamente, fotografía-fotografía (y quizá sea, sigilosamente, un comentario que reivindica este lenguaje despojándolo de ataduras así llamadas conceptuales). El cuaderno de bitácora, el atlas de experiencias despliega sus páginas ante nuestra mirada.