La pregunta no es completamente retórica: supone que existen diferentes maneras de leer. Y si existen diferentes maneras de leer, probablemente existan, también, diferentes representaciones (imágenes, figuraciones, metáforas1) de la lectura. Finalmente, asume que algo pasa conmigo cuando leo y que, por ello, la lectura se vincula con mi yo (y, nuevamente, con las representaciones que puedo hacerme de mi yo).
¿Existe algo así como un «yo contemporáneo »? Y, correspondientemente, ¿existe la lectura «contemporánea»? ¿Cómo se diferencia de otros modos de lectura y de otras representaciones del yo? ¿Podemos identificar estas diferencias mediante diferencias de imágenes o metáforas? En lo que sigue, argumento que sí. Y que, además, el desarrollo de esta afirmación nos llevará tanto a exponer el fenómeno de la lectura contemporánea como a elaborar un juicio sobre él. Una lectura «contemporánea» debería incluir los saltos del scanning, la ojeada ligera del skimming, la antisecuencialidad del hipertexto, el fragmentarismo de la mirada «en E» de la página. A ello habría que añadir la condición no exclusivamente verbal del texto.
Este se compone de lo escrito, a lo que se pueden agregar imágenes fotográficas o cinematográficas, animaciones, música o meros énfasis sonoros (ruidos, por ejemplo)2. ¿Podría derivarse una idea del yo a partir de una práctica lectora como esta? ¿Qué yo le corresponde a la lectura multimodal, plural, antijerárquica, no secuencial (y en este sentido, ahistórica o permanentemente presentificada)? Paula Siblia, en La intimidad como espectáculo (México: Fondo de Cultura Económica, 2008), se plantea la pregunta no a partir de un examen de la lectura, sino de la escritura contemporánea, como las narraciones autobiográficas que pululan en blogs y fotologs. Concluye que sí, en efecto, las narraciones autobiográficas contemporáneas rezuman un yo fragmentario, desarticulado, plural, proteico, inconsistente, y sobre todo externo. A diferencia del mundo analógico y sus diarios íntimos (piénsese en la densidad y la monumentalidad de un diario como el de Amiel), blogs y fotologs generan diarios éxtimos (Siblia 2008: 68), correspondientes ya no a personalidades introdirigidas, sino a personalidades alterdirigidas (Siblia 2008: 127), en una exhibición de la identidad que borra la separación entre la obra y la vida, y entre el autor y el personaje.
En síntesis, un yo o una conciencia, figurado o figurada como repositorio informativo, como acumulación casi infinita de información (como la memoria de Funes en el cuento Funes, el memorioso de Jorge Luis Borges), pública y permanentemente disponible. Ese es el yo que les corresponde a las prácticas narrativas contemporáneas en la web. No me parece que se distinga mucho del que corresponda a las prácticas lectoras contemporáneas. ¿Puede leerse así la literatura? No veo por qué no. Intentos recientes de considerar al autor como DJ3 pueden señalar que, de forma correspondiente, el lector pueda figurarse como «zapper» y la lectura como mero «zapping», en una versión light de la intertextualidad. Sin embargo, hasta hace poco el estándar era otro. Quiero recurrir, in extenso, a la experiencia y a la reflexión de un lector apasionado como Sven Birkerts para ilustrar esta otra forma de leer. Para Birkerts, en la lectura, el yo se reubica para ver de manera distinta (Birkerts, Sven. Elegía a Gutenberg. El futuro de la lectura en la era electrónica. Madrid: Alianza Editorial, 1999, p. 109).
Hasta cierto punto, podríamos decir que el yo «vive más en sí» al estímulo de las sugestiones de «lo otro» que le proporciona este «estado de lectura». La lectura crea, en realidad, «un estado alterado», una alteración de la conciencia: La lectura no forma un continuum con otros actos corporales o cognitivos. Provoca una trasmutación, una variación de nuestro estado análoga, aunque no tan decisiva, al paso de la vigilia al sueño. Quizá el estado de meditación nos proporcione una analogía mayor. (Birkerts 1999: 109)
Al final, la lectura –independientemente de su contenido– nos ubica en un espacio que es, en realidad, un tiempo: Presidimos los movimientos de un mundo que aparece y luego desaparece, presente en el pasado, como el que habitamos tras cerrar el libro. Este devenir queda condensado y abreviado; comparado con el lento transcurrir de nuestros días, sentimos como si experimentáramos la esencia misma del tiempo. (Birkerts 1999: 112)
En otras palabras, sentimos la esencia de nuestra propia temporalidad, en su belleza y en su tragedia, atisbamos –vivimos– con intensidad sin par la duración, la durée bergsoniana. Los lectores «serios» (los que se toman en serio sus lecturas) […] fundamentaron su vida interior, la parte más reflexiva de su yo, en el espacio que la lectura les hacía accesible. El espacio va implícito en el acto de leer: está creado por este, y reforzado por él constantemente. (Birkerts 1999: 114)
Como el del dibujo o el de la técnica musical, este ejercicio no es necesariamente «amigable », sino que exige altas dosis de esfuerzo y concentración, para no referirnos al tiempo insumido (piénsese en una lectura intensa de la Divina Comedia, o del Ulises de Joyce). Ello, ciertamente, no viene sin recompensa: «Hemos escogido los placeres difíciles», dice George Steiner de quienes se miden con el arte, la literatura, la ciencia, la filosofía. En síntesis, independientemente de su contenido, este tipo de lectura dice: «hay un texto y, por más ruinoso, fragmentario y lleno de estratos que este sea, tiene un sentido que tú debes encontrar o asignar (y este es tu trabajo como lector) ». Y es que, probablemente, presupone un yo más denso, menos epidérmico. Un yo que, como diría Birkerts, siente secretamente que su vida tiene sentido porque busca un destino (p. 115). Al contrario, ¿qué ocurre con el orden electrónico? Observa Birkerts:
La información y el contenido no se trasladan simplemente de un espacio privado a otro, sino que viajan por una red. La implicación es implícitamente pública y tiene lugar en un circuito de amplia conectividad. Los enormes recursos de la red están siempre ahí, en potencia, incluso si no interfieren en la comunicación inmediata. La comunicación electrónica puede ser pasiva, como ocurre cuando vemos la TV, o interactiva, como es el caso de los ordenadores. Los contenidos, a no ser que se impriman (en cuyo caso pasan a formar parte del orden estático de lo impreso) parecen evanescentes. Pueden ser modificados o eliminados con un golpe de tecla. En el caso de los medios visuales (la televisión, los gráficos, las imágenes de alta definición), la sensación y la imagen predominan sobre la lógica y los conceptos, sacrificándose los detalles y la secuencia lineal. El ritmo es rápido, guiado por saltos y cortes discontinuos; el movimiento fundamental es asociativo y lateral más que acumulativo y vertical. (Birkerts 1999: 162)
El resultado final de todo esto es un texto prescindible, descartable, porque nuestra actitud hacia él es ligera, epidérmica, no comprometida. Resulta obvio que el problema del sentido es irrelevante, puesto que, casi literalmente, «el texto no existe», existe el intérprete, un intérprete caprichoso, voluble, cambiante (el yo es también un yo descartable, modificable y modelable, como el cuerpo luego de una operación de cirugía estética). Sigue Birkerts: La página es plana, opaca. La pantalla tiene una profundidad indeterminada; las palabras flotan en la superficie como las hojas en el río. Fenomenológicamente, esta palabra es menos absoluta. La hoja del río no es la que arrancamos y sostenemos con la mano. Las palabras que aparecen y desaparecen en la pantalla se perciben de manera natural no tanto como elementos aislados cuanto como elementos constituyentes de un proceso mayor y más fluido. (Birkerts 1999: 201)
La consecuencia: desaparece el texto como realidad definitiva. Por obra del soporte, el texto se convierte en una mera versión (p. 206). Convendrá sustituir, entonces, la metáfora del texto como tejido (en tanto extensión compuesta por una gran cantidad de hilos unidos en urdimbre y trama)4 por la fugaz, aunque dinámica, fluidez de una red informática con sus pulsiones binarias y su inmaterialidad.
Así, para regresar al verso inicial de la Odisea (I, 1), visto en el libro o visto en la pantalla, debemos decir que fenomenológicamente no es lo mismo leer una página que leer de una pantalla y que detrás de la diferencia material podrían estar, por lo menos, dos formas de lectura, las dos formas que he tratado de determinar. No es imposible, por supuesto, leer con atención tensa y sostenida la página en una pantalla, como quiere hacerse con los ebooks, por ejemplo (también es posible leer de manera rápida y despreocupada cualquier libro). Pero tampoco son irrelevantes las observaciones de Birkerts, sobre todo si consideramos que, hasta cierto punto, leemos con todo el cuerpo y que las circunstancias materiales y sensibles que acompañan a la lectura no son nunca totalmente prescindibles. Como no lo son, ciertamente, las figuraciones imaginativas, simbólicas, que también la determinan.
La manera como nos representamos al hombre y a la lectura puede afectar la manera como leemos. Si, por ejemplo, como ocurre con los desarrollos extremos de los estudios sobre la inteligencia artificial, creo, con Hans Moravec, que dentro de 40 años, todos los rasgos de la vida mental de una determinada persona podrían ser completamente simulados por programas de computación5 o si, siguiendo la retórica del Proyecto Genoma Humano, concibo al cuerpo como una suerte de programa de computación que debe ser descifrado6 o si, también identificado con nuevos desarrollos, creo que es posible escanear el cerebro humano y hacer download del contenido de la mente, con la intención de conquistar la inmortalidad encarnada en una computadora , la lectura debería representarse con otras metáforas o no representarse, sencillamente. (En efecto, ¿qué sentido tendría recurrir a un proceso que pasa por un incómodo intermediario biológico si la información puede transferirse directamente, pensando que la lectura es solo transferencia de información?). ¿Y qué pasa con la externalización de los procesos mentales que corresponden a este yo público, a esta intimidad espectacularizada de la que habla Sibilia? Le decimos memoria a la de la computadora; hablamos de lector; existen programas de traducción y de corrección en ella. Es posible crear síntesis y resúmenes con la máquina. Pero, ¿estamos hablando de lo mismo? ¿O son metáforas a las que les asignamos valor de realidad?
Así como después de la frase de Nietzsche, Dios goza aún de salud (aunque no sea ni siquiera hipótesis de trabajo en un mundo mercantilizado y tecnificado), la lectura intensa puede que no muera, que sobreviva porque responde, en realidad, a necesidades básicas de nuestra psique. Sin embargo, una aceptación fácil y alegre de todos los presupuestos o las derivaciones que vienen con la tecnología puede matarla, precisamente, por confusión: nombramos con la palabra lectura a prácticas que son, en realidad, diferentes y hasta opuestas.
Sería mezquino no reconocer las inmensas posibilidades que se abren a lo humano mediante la tecnología de la información. Sin embargo, sería ingenuo pensar que la tecnología es simbólicamente inocente: la computadora (o sea la máquina) trae un secreto manual de instrucciones (o sea un tipo especial de lectura). Puedo quedarme sólo con este tipo de lectura. Pero si lo hago, es bueno saber antes qué me estoy perdiendo, sobre todo para decidir si quiero perdérmelo.
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