Hacia una intellegentia tecnológica
Por Ángel Pérez Martínez

Para Aristóteles la técnica era un tipo de conocimiento superior a la experiencia, que en muchos casos era preferida a la ciencia. Sin embargo la técnica es —apuntaba el discípulo de Sócrates— un saber que está lejos del conocimiento universal. El de Estagira se refería a que el diseño tecnológico necesita de un conocimiento mayor que sepa de sus causas y sus consecuencias. Puede ser esta intellegentia (utilizando un vocablo latino) una ciencia que dé razón del porqué de las cosas y las perfile apropiadamente.

No hay vida humana sin técnica y la historia lo confirma. Si bien la naturaleza es el hogar del ser humano, el hombre no puede sobrevivir en ella sin la ayuda de los instrumentos que le proporciona la técnica. «Sólo en el hombre se da la conjunción antinatural entre necesidad y debilidad» decía David Hume refiriéndose a la fragilidad del hombre en comparación con los demás seres vivos. El ser humano ha tendido históricamente a superar a su propia naturaleza y uno de los medios fundamentales para esta superación ha sido la técnica. Luego, la técnica también resulta una extensión de la vida del hombre. En el sentido físico, esto se manifiesta de dos maneras: el hombre ha querido potenciar sus sentidos y también franquear los límites de la dimensión espacial y temporal. En el ámbito psíquico, los humanos hemos logrado ordenar la información hasta alcanzar un tipo de inteligencia funcional. Dentro de estos ámbitos, se ha manifestado la tecnología. El hombre, gracias a ella, ha potenciado sus capacidades sensoriales; ha viajado hasta territorios ignotos y ha aumentado el tiempo de su estancia en este mundo. Conforme pasan los siglos, nos vamos percatando de que la tecnología pareciera no tener límites desde una mirada funcional. A la vez, notamos que la misma tecnología parte de un diseño, y que éste diseño no siempre proviene de una intellegentia. Si no hay reflexión inteligente, ¿quién marca la pauta del recorrido tecnológico? El debate ético planteado desde fines del siglo pasado es muy interesante al respecto. La tecnología bélica empleada en las dos guerras mundiales fue el punto de inflexión sobre la ausencia de una correcta intellegentia. Varias décadas después vinieron los cuestionamientos acerca de nuestro papel como administradores de la naturaleza y la famosa discusión acerca del cambio climático. La tecnología es capaz de transformar la realidad, pero ¿hasta dónde es adecuado transformarla? En realidad, si seguimos por esta senda, llegaremos otra vez a las definiciones. Si la naturaleza es autónoma, si la naturaleza es un sistema equilibrado que hay que respetar, entonces su transformación no puede ser indiscriminada. A estas alturas, nos damos cuenta de que hemos avanzado mucho. La tecnología se extiende por doquier, e incluso nos proporcionas experiencias asombrosas. Volar sobre las nubes, alejarnos de la tierra, explorar las profundidades del mar, hablar con alguien a miles de kilómetros de distancia son acciones que han generado nuevas sensaciones y destrezas imposibles en el pasado. Hemos llegado a un punto en donde las posibilidades de la tecnología son variadísimas y donde el criterio acerca de su diseño se vuelve más importante. Sin discernimiento adecuado surgen las paradojas de llegar a deshacer lo realizado. Con ello queda patente que sin intellegentia el diseño es imperfecto y en algunos casos peligroso. Pongamos como ejemplo la energía automotriz. A finales del siglo XIX optamos por utilizar la energía proveniente del petróleo, y los autos se empezaron a fabricar de forma masiva. Ahora, nos percatamos de que el deterioro ambiental generado es enorme y que la elección no fue la más pertinente. La creciente conciencia ecológica es uno de los desarrollos de esa intellegentia necesaria para diseñar una tecnología de larga duración. El ejemplo de la conciencia ecológica marca, de alguna manera, los caminos de la tecnología para preservar el ámbito natural. Además de la naturaleza, hay otro campo de acción de la tecnología que es el hombre mismo. Curiosamente los autores medievales lo catalogaban como un microcosmos. Al igual que los árboles, el agua y los mares «hablan» a su manera, el hombre también lo ha ido haciendo. Aunque el concepto de ecología humana es amplio, y se encuentra en el marco de la sociología, resulta muy expresivo para señalar otra dinámica propia y natural que es necesario preservar, la vida humana. Utilizamos la tecnología, nos sirve, pero también perdemos el control de ella o no sabemos aplicarla adecuadamente.

Es acuciante tomar conciencia del papel de la tecnología en relación con nuestro bienestar. Muchos manuales de computadoras advierten de ciertos males físicos que pueden ocasionar las malas posturas al utilizar los aparatos periféricos. Quizás esa conciencia deba ampliarse a la preocupación por asuntos de la vida social, como la utilización de los teléfonos móviles en público, la distinción entre conocimiento y opinión en la web, la intromisión en la vida privada de las personas o la violencia audiovisual expuesta en las pantallas. Nos enfrentamos a desafíos importantes dado que el crecimiento y el papel de la tecnología lo es. Pero no abundan los manuales al respecto. Algunas ideas son iluminadoras en ese sentido, y no estamos hablando de nada nuevo. Inscritas en las recomendaciones morales de la humanidad se encuentran lecciones como las siguientes: el hombre no puede ser un medio para nadie, es bueno ayudar y respetar al prójimo, debemos proteger a los más débiles... y también ellas se extienden al ámbito tecnológico.

Quizás nos encontremos en una época crucial para el desarrollo de la técnica y su apoyo a la vida humana. Una técnica acorde con la humanidad es siempre —a la larga— más efectiva y creativa. Alguno podría interpretar esto como una delimitación de la tecnología. Ello no es del todo exacto, pues las normas pueden ayudar a un ejercicio notable de la acción. Sin reglas no existirían, por ejemplo, deportistas sobresalientes. La ética apunta a un despliegue inimaginable de las potencialidades humanas. Decíamos que el hombre constantemente supera a su naturaleza, y contar con una intelligentia tecnológica nos ayudará a encontrar caminos en donde la estética, la ética y el desarrollo científico alcanzarán cotas más altas. Porque la tecnología es propia del hombre y un camino de construcción de la humanidad. Aristóteles decía que la técnica no reemplaza a la ciencia. Recordando a Ortega, podríamos añadir que la vida tampoco puede ser reemplazada por una razón funcional. Aunque tuviéramos las computadoras más eficientes o los medios de transporte más aventajados sin una inteligencia cordial estaríamos ciegos, incluso podríamos llegar a épocas oscuras como algunas de las vividas durante el siglo pasado. Por eso reflexionar sobre el papel de los inventos en la vida humana es una manera de desarrollar una tecnología ligada al dinamismo natural de la existencia.